Yo acababa de dejar el carro en el parqueo y me tocó atravesar el solar en el que un reguero de carajitos jugaba pelota a mano pelá. Al pasar junto al ellos, recordé mis días de pelotero en aquel mismo lugar. Era malísimo pero me moría por jugar. Cacao me ponía siempre en el Right y los tígueres me vivían dando cuerda, pues todo el mundo sabe que en el Right siempre juega el que menos apara (esto se explica por la escasez de bateadores zurdos que son los que jalan la pelota hacia la derecha).
Justamente pasaba junto al Right y me quedé mirando al palomito que ocupaba la posición. Tenía unos 11 años. Era una miserable y anodina lagartija con las canillitas cundidas de picadas de mosquitos. Tenía cara de idiota y sandalias de nerdo. Todo un búcaro pelotero. Me causó muchísima risa ver que jugaba con un celular en la mano izquierda.
Pobre infeliz —pensé sin demasiada compasión— Ya se habrá dado cuenta de que por ahí no batean en varias semanas y anda con un celular para salir juyendo a ponerse el Caladryl cuando la vieja lo llame. Si yo fuera carajito en estos tiempos, llevaría un PSP al Right para no aburrirme.
En eso le sonó el celular.
—Aló. Dígame montro… sí, yo dejé el asunto allá en la equina, donde el Menor, como uté me dijo... tre gramo de la blanca y ocho X... sí, me pagó con tre milenaria y do científica, que lo otro se lo da el vierne… no, me dijo que era dique pa uno cuero… yo le llevo el dinero ahorita... bueno, ya uté sabe… nos chequianos.
En ese momento, se escuchó un batazo. Era entre Left y Center. El carajito ni se movió. Sacó tres papeletas de mil y dos de cien de su bolsillo. Las contó y las volvió a guardar.
lunes 15 de junio de 2009
miércoles 10 de junio de 2009
Bichán o los cuentos de mi generación (¡por fin, por fin, por fin!)

A Miguel Yarull lo he visto un par de veces en mi vida y habremos cruzado una docena de palabras bastante genéricas. Él está casado con mi gran amiga Soraya Pina a quien, por esos retortijones de la vida, ya no veo nunca; apenas nos actualizamos electrónica y automáticamente cada dieciocho meses, como los softwares gratuitos.
Fue Pina quien me contó que su compañero era escritor y, en su tiempo libre, ingeniero. Que una vez ganó el primer Premio en el prestigioso Concurso Internacional de Cuentos de Casa de Teatro y que había escrito guiones de cortometrajes. Yo le había comentado que quería dirigir cine y ellos tuvieron la gentileza de entregarme uno de sus guiones después de contármelo. Con cierta vergüenza, admito que nunca lo leí. En esos días, yo sorteaba la tormenta de un matrimonio que se terminaba y las ráfagas se llevaron mis ínfulas de Tarantino con todo y claquetas, altavoces, sillas plegadizas, Ray Bans y t-shirt de Dewarista.
Algunos años pasaron sin noticias de Yarull hasta que, en ese nuevo paradigma del mentidero madrileño llamado Facebook, me enteré de que Miguel había publicado un libro de cuentos. Mi amiga Pina creó un grupo de soporte y yo me apunté sin saber mucho por qué (todo en el Facebook es así ¿no?). Hace quince años, ella y yo solíamos fumarnos tres cajetillas de Marlboro por día haciendo anuncios para Coca-Cola (ya no fumamos, somos postmodernos) y sé muy bien que los publicitarios somos capaces de venderle arroz a los chinos, toallas sanitarias a una menopáusica y condones a un cura (bueno, admito que lo último no es tan difícil); pero también conozco lo suficiente a Pina para saber que, si ella andaba cacareando el libro de Miguel, debía ser muy bueno.
Cuesta, segundo piso, al lado de la novelita laureada de una señora apellido Trujillo. Ahí estaba: Bichán. 14 Cuentos cortos y el de Montás, 300 pesos.
La contraportada decía que “Deportivas parte atrás” era el cuento premiado. Abrí el libro, comprobé que era el primero y me dispuse a la lectura. Detrás de la colección de personajes disímiles con descripciones tan vívidas como divertidas, un leitmotif cada vez más intrigante me amenaza y me asalta hasta que me vence en el último párrafo. “Deportivas parte atrás” ¿Cómo no me la llevé? Te la comiste, león. Una a cero.
Mientras me moría de la risa leyendo “La Venganza nunca es Buena”, quería secretamente cerrar el puño, hundir el codo y gritar “Yes!”, pero Yarull sabe de trampas y, con tres palabras, Moquete y yo quedamos espabilados en medio de la Máximo Gómez. Qué bien que escribe, carajo. Dos a cero.
Y ya no pude parar de leer, tal vez porque somos contemporáneos (yo apenas dos años mayor) y nos tocó ver la vida desde la misma grada, tal vez porque el universo de Miguel Yarull está habitado por las mismas preguntas, los mismos dolores, las mismas pesadillas, los mismos familiares referentes; desde la construcción de un cuento alrededor de una canción de Pink Floyd en “Bichán” hasta el vertiginoso repaso de una vida en el momento de la muerte en “KM 29”. Astuto, sorprendente, divertido. Este libro está vivo y me está llamando por mi nombre.
En su Decálogo del Perfecto Cuentista, Horacio Quiroga escribió “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”. En Bichán, Yarull juega con su lector, lo seduce con sagaces exordios y lo lleva de la mano hasta la emboscada del siempre imprevisto desenlace.
Armado con un arsenal de metáforas frescas, mundos vírgenes, un refinado gusto por el sarcasmo y un imaginario insólito, Miguel me sumergió con los ojos abiertos en el océano del fetichista en “Mesas – no techos – de cristal” dejándome doblado de la risa con las últimas dos palabras; me sacudió con la inapelable concisión de “El libro”; me conmovió con “A Carboncillo”, y me subió hasta el cielo sólo para dejarme caer desde lo más alto con “El aire más fresco”.
“Historia con dos caras” ya me tenía por el cuello cuando el género de un adjetivo viró la torta en astuto sortilegio para dejarme absolutamente perplejo. Genial. En la reivindicación de “Mano Limpia”, el autor ejerce su derecho concebir un final “feliz” (justicia poética). "El Cínico" explota el sarcasmo a la inglesa (¿o será a la libanesa?) y me hace sacudir la cabeza de manera entusiasta. En “Radio Mil Informando” y “Waiting on a Friend”, explora un nostálgico universo de sueños rotos y reencuentros frustrados que resultan curiosamente cercanos y creíbles. “El Arquitecto” puso el juego 14 a cero a favor de Yarull y, finalmente, el de “Montás” lo vi filmado y arrollando en Cannes. Ya quisiera yo ver a Guy Ritchie hincarle el diente a esa genialidad de fondo y forma.
Lo leí de una sentada y me quedé salivando. En un país en el que parecería que nos vamos a pasar la vida escribiendo sobre Trujillo, Yarull es un Bichán. Enhorabuena y desde ya espero por el “sophomore”.
El autor de este artículo NO es Crítico Literario. Simplemente, cuando algo le gusta mucho, lo dice.
viernes 29 de mayo de 2009
Carola empieza otra vez
Carola se vio en el espejo, enredó sus dedos entre las canas de su pelo, acarició alguna arruga prematura y se llenó de preguntas ¿acaso no bastaba con parir con dolor, desvelarse con las fiebres de sus dos hijos, cambiar pañales cagados, hacer tareas de matemáticas y todavía tener tiempo para el amor? Carola aceptó el reto. Cubrió el gris con Castaño No. 5, cambió las dormilonas ancestrales por argollas colgantes, eliminó pulgadas de su falda y de su cintura, Carola jugó al amor. Volvió a ser mujer después de haber sido madre. Era necesario, Carola tenía competencia. De su lado: 21 años, en las buenas y en las malas, el segundo apellido de sus hijos, un álbum de fotos, 600 cartas, la intendencia del Internet Banking y esa manera tan especial de llamarlo “Gordo”. En su contra: el océano, el universo, Natalie. Carola luchó. Con silencio, con lágrimas, con perdón y coquetería. Con tinte y maquillaje. Con cama y minifalda. Un ocho de mayo, Carola perdió la batalla. Cedió su corona a la siempre débil excusa de la confusión. En el reparto de bienes le tocaron todas las preguntas, los niños y el dolor. Carola tiene 44 años. Carola empieza otra vez.
Para C., en este día tan triste.
Para C., en este día tan triste.
viernes 1 de mayo de 2009
no confíes en mí
No confíes en mí. Toma mi cuerpo esta noche, goza con él, pero no confíes en mí. En el camino te habré cubierto de palabras de amor y acariciado con susurros, pero todo vencerá a la hora de los gemidos. De tanto sumergirte en mis ojos, acabarás sabiendo cuando sufro, cuando miento y cuando muero de miedo, pero eso no significará que me conoces. Instintivamente, terminarás conociendo mis gustos; rayas en lugar de cuadros, Carmenere en lugar de Shiraz y la madrugada en lugar de la noche, pero nunca podrás decidir por mí. Nunca me servirá el traje que me coses de memoria, por más que tus manos hayan recorrido cada pulgada de mi cuerpo desnudo. Nunca estarás completamente segura. Pero eso te tocará descubrirlo el día en que ya no vuelva, cuando ya no importe. Por lo pronto, no confíes en mí.
lunes 27 de abril de 2009
uno de esos días
oh no… otro de esos días… lo supe desde que un tipo que nunca había visto en mi vida me saludó como si fuéramos hermanos y hasta me preguntó por Sebastián, después, confundiría a un bollo de hierba seca con una rata muerta y pegaría un vergonzoso brinco delante de la misma vieja que me vio llegar anoche pasado de tragos y ya empieza a desconfiar… además, tuve un ataque crónico de despiste que provocó que tuviera que devolverme ocho veces hasta la casa a buscar diversas cosas que debí llevar conmigo desde la primera vez que salí (los lentes de sol, el dinero de Andrea, la película que debía devolver en el video club, la laptop, la llave del carro, el celular, la certeza de que no me había puesto desodorante y de nuevo los lentes de sol que olvidé sobre la mesa cuando me devolví a buscar el celular)… qué torpeza, qué afición por lo absurdo. En el semáforo, Paris Hilton conduce un Mustang convertible y me dedica una sonrisa Colgate, ya me disponía a devolverle la gentileza cuando el Eslabón Perdido vestido con uniforme de la Autoridad Metropolitana de Transporte me multó por estar hablando por teléfono en el carro ¿soy yo o este poloché huele a mocato? se acabó la gasolina y olvidé la billetera en casa, me di cuenta cuando intenté pagar el desayuno, el tipo del Drive-in de Wendy’s no entiende cómo alguien puede pedir un combo número uno con tocineta sin tener un chele en los bolsillos, sorry, pana, es que estoy teniendo uno de esos días...
Llegar al trabajo tarde y con puntería suficiente para cruzarme con el jefe que iba saliendo para una reunión era tan previsible como el final de una telenovela venezolana, que el cliente haya tardado cinco minutos en rechazar la campaña en la que estuvimos trabajando durante dos semanas era tan natural como Richie Ricardo y ya sólo quedaba someterme al rosario de cuitas que irían desde la mosca en el almuerzo hasta descubrir que no había papel en el excusado cuando ya era demasiado tarde.
¡Qué día! Una cervecita para botar el golpe. Una mujer es toda dedos sobre su Blackberry, estoy absolutamente seguro de que no la conozco, camino hacia ella, pero sólo porque ella está a mitad de camino hacia el bar, de repente, alza la cabeza y su mirada se encuentra con la mía, su cara estalla en una sonrisa y sus ojos se iluminan como una supernova, toda emoción, toda recuerdos, es hermosísima y está superbuena… no obstante, la dejaré con la palabra en la boca y seguiré en pos de mi Stella Artois… se trata, evidentemente, de una confusión, y eso sólo me traería más problemas un día como hoy.
P.D.: La cerveza estaba caliente.
Llegar al trabajo tarde y con puntería suficiente para cruzarme con el jefe que iba saliendo para una reunión era tan previsible como el final de una telenovela venezolana, que el cliente haya tardado cinco minutos en rechazar la campaña en la que estuvimos trabajando durante dos semanas era tan natural como Richie Ricardo y ya sólo quedaba someterme al rosario de cuitas que irían desde la mosca en el almuerzo hasta descubrir que no había papel en el excusado cuando ya era demasiado tarde.
¡Qué día! Una cervecita para botar el golpe. Una mujer es toda dedos sobre su Blackberry, estoy absolutamente seguro de que no la conozco, camino hacia ella, pero sólo porque ella está a mitad de camino hacia el bar, de repente, alza la cabeza y su mirada se encuentra con la mía, su cara estalla en una sonrisa y sus ojos se iluminan como una supernova, toda emoción, toda recuerdos, es hermosísima y está superbuena… no obstante, la dejaré con la palabra en la boca y seguiré en pos de mi Stella Artois… se trata, evidentemente, de una confusión, y eso sólo me traería más problemas un día como hoy.
P.D.: La cerveza estaba caliente.
lunes 6 de abril de 2009
la vergüenza
Estas ganas de hacerte el amor por última vez una vez más, este instinto de sobrevivirte y el deseo de que en esta ocasión tu muerte sea para siempre. Este tic-tac ensordecedor, este día tan largo, este océano, esta ausencia tuya, esta habitación llena de espejos, este olor a ti en cada maldito trapo, la huella de tus huellas, el eco de tu silencio y una triste evocación en cada adminículo que alguna vez tocaste. Esta libertad tan obscena, todo este tiempo y espacio, todas estas inútiles almohadas, esta sábana enorme, el exceso de agua caliente, de café, de sillas, de portarretratos… y la palabra soledad, tan non sancta, tan pesada, tan vergonzosa.
viernes 3 de abril de 2009
Breve historia del dolor
…empieza como un susurro, gélido y anónimo, un latido tenue, un parpadeo, un microsueño, apenas el paisaje que se pierde en la visión periférica, la progresión armónica de un spiritual cantado a capella, lo que se intuye, lo primigenio… pero entonces quieres jugar, porque desde la banca todo parece tan fácil, te pones el uniforme y corres al campo, como un quinceañero con el pecho abierto, preguntándole a alguien que ya recibió demasiadas faltas qué haces, dónde te pones, cuál tu cancha, dónde la metes y, cuando apenas te empiezas a acostumbrar al ruido ensordecedor de la hinchada, un rumor estentóreo te apaga las luces, sangre y dientes, una mancha morada, un silbido punzante, una cicatriz que parece un ciempiés, bienvenido, welcome, benvenuto, willkommen, bienvenue…
… una sirena, una ilusión, una promesa, un diploma, una bendición, un viaje, un orgasmo, una flor, una sonrisa, un cheque, un empleo, un piso alquilado con balcón, un buen steak, un gin tonic, una coincidencia, una canción, una danza, un perfume, un colaless, una negocio propio, una savia, un sudor, un gemido y todas las demás excusas que vas tachando en tu libro de novatadas hasta que estás seguro que te las sabes todas y una más y que las piedras ni sangran ni lloran y entonces…
En una maleta negra, Emilio guardó su vida, casi sin saber por qué. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris. Con la arena del último viaje a Barahona y un estuche vacío de rollo de fotos (¡Estos ya no se ven! ⎯ Pensaría). Sobre la cama deshecha, sobre la vida sin arreglar, junto a las almohadas a medio salir de las fundas, como sus proyectos inconclusos; junto la sábana desparramada sobre el suelo, como su espíritu. Contemplándose desde la ventana o desde el espejo, en tercera persona, sin injerencia sobre sus actos, sin opinión.
Dos medias grises, una de rombos azules, blancos y vino, tres negras, dos de ellas con remiendos y dos blancas. Siete calzoncillos, dos de ellos sucios, sacados del hamper. Una camisa negra, tres blancas, una a rayas, una a cuadros, regalo de la Gorda, a quien siempre le gustó verlo en cuadros, dos pantalones fuerte azul, uno kaki, tres negros ¿Para qué se viste la gente, si todo lo que hacemos se dirige irremediablemente a un final desnudos?
Una foto de mamá. Delgada aún. Con pantalón rojo y blusa blanca, con lentes oscuros y el cabello movido por la brisa. En el fondo, La Libertad de Bartholdi. 1948, New York. Una foto del viejo Martínez, con kakis y chacabana, sentado en el Panamericano, copa de licor en mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero. 1963, Santo Domingo. Una foto del bebé Emilio, gateando sobre un piso de granito, allá en la casa de la Espaillat. Con su sonrisa sin dientes y una pierna de mamá en el cuadro, con falda de rosas. 1965, Santo Domingo. Una foto de Silvia en su fiesta de quince años, desfilando de la mano con su padre, con los ojos rojos por el flash y botellas de Ginger Ale sobre las mesas redondas con manteles blancos. Siluetas y corona de flores. 1983, Santo Domingo.
Un papel amarillo doblado, con tréboles de tinta china y gotas de café. Con una maraña de palabras negras que podía recitar de memoria…
…se abrió en mi corazón, como su primera palabra, como su primer temblor ante el roce encantado de mis dedos dibujando su boca, como su sonrisa de valle soleado y su perfume de azaleas silvestres…
Un libro de poemas de Neruda, un nuevo testamento pequeño y azul, una cadena de oro y unos gemelos que nunca usará. Un retrato autografiado de Francisco Repilado, su héroe. Un frasco de Drakkar. Una moneda de tres pesos cubanos, con la imagen del Che y la inscripción “PATRIA O MUERTE”, 1992.
La vida como caracoles en la playa. Se va recogiendo, acumulando en los pequeños bolsillos del traje de baño. Nos maravillamos por el color, la forma y la textura, pensando que será una bonita colección. Hasta que los ponemos todos sobre la toalla dos horas después, y se hace aparente la inutilidad de mantener aquellas moradas nacaradas, inertes, rotas y sin brillo, y acabamos arrojándolos todos al mar.
La vida como una colección de recuerdos, con epicentros en cada pertenencia, a partir de los cuales se van difuminando y perdiendo los detalles, los cigarrillos, las gripes, los sermones dominicales y los bocinazos de los choferes.
La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris.
¿En qué vas pensando Emilio? ¿Acaso en el día en que te apareciste volando techos en la ventana de Silvia de quince años, con una guitarra en la espalda, y una criolla en melopea, porque nunca supiste cantar? Demasiado espacio para la nostalgia. Demasiado aire para la sinceridad.
¿Acaso recordabas, entonces, a la mulatita del 3B, que te dejó pellizcarla entre las piernas, muerta de risa y no de placer. Y que tú no entendías la risa mientras apretabas la carne bajo el bermuda verde, hasta que ella no pudo más, y con lágrimas en las mejillas te enseñó que las mujeres sienten cuatro pulgadas más hacia el sur y que estabas agarrando pelos, pendejo?
¿O acaso te asaltaba la memoria la puta que te empujó hacia un zaguán oscuro y hediondo a pipí, sacó cuatro pesos de tus bolsillos y dijo a tu silencio asustado y de virgen que si no te movías la iban a acusar de violación?
La vida editada como un cortometraje. Trescientos rollos de película para sacar quince minutos que no convencen a la crítica. La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris.
¿En qué coño estaba pensando? Cuando me tragué cada palabra y cada lágrima. Cuando me detuve en el tiempo y en el espacio, en la miseria de aquella la sala que se desvanecía y en la renuncia que la dejó escapar por la puerta con su aroma de rosas y su bolso enorme y marrón.
Cuatro discos compactos. Miles Davis, Kind of Blue; Los Compadres, Huellas del Pasado; Mozart, Requiem; Colón y Blades, Siembra. Media botella de Chivas, mi vaso de whisky, mi taza verde. La correa marrón, el cepillo de dientes, la Colgate pequeña, el Ban Roll-On. Un teléfono sin nombre, escrito en una servilleta con pintalabios rojo. 357-2023.
La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris. La cremallera se tranca, la maleta no cierra completa. La vida se va a ir saliendo, por pedazos, en cada esquina negra o gris.
… una sirena, una ilusión, una promesa, un diploma, una bendición, un viaje, un orgasmo, una flor, una sonrisa, un cheque, un empleo, un piso alquilado con balcón, un buen steak, un gin tonic, una coincidencia, una canción, una danza, un perfume, un colaless, una negocio propio, una savia, un sudor, un gemido y todas las demás excusas que vas tachando en tu libro de novatadas hasta que estás seguro que te las sabes todas y una más y que las piedras ni sangran ni lloran y entonces…
En una maleta negra, Emilio guardó su vida, casi sin saber por qué. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris. Con la arena del último viaje a Barahona y un estuche vacío de rollo de fotos (¡Estos ya no se ven! ⎯ Pensaría). Sobre la cama deshecha, sobre la vida sin arreglar, junto a las almohadas a medio salir de las fundas, como sus proyectos inconclusos; junto la sábana desparramada sobre el suelo, como su espíritu. Contemplándose desde la ventana o desde el espejo, en tercera persona, sin injerencia sobre sus actos, sin opinión.
Dos medias grises, una de rombos azules, blancos y vino, tres negras, dos de ellas con remiendos y dos blancas. Siete calzoncillos, dos de ellos sucios, sacados del hamper. Una camisa negra, tres blancas, una a rayas, una a cuadros, regalo de la Gorda, a quien siempre le gustó verlo en cuadros, dos pantalones fuerte azul, uno kaki, tres negros ¿Para qué se viste la gente, si todo lo que hacemos se dirige irremediablemente a un final desnudos?
Una foto de mamá. Delgada aún. Con pantalón rojo y blusa blanca, con lentes oscuros y el cabello movido por la brisa. En el fondo, La Libertad de Bartholdi. 1948, New York. Una foto del viejo Martínez, con kakis y chacabana, sentado en el Panamericano, copa de licor en mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero. 1963, Santo Domingo. Una foto del bebé Emilio, gateando sobre un piso de granito, allá en la casa de la Espaillat. Con su sonrisa sin dientes y una pierna de mamá en el cuadro, con falda de rosas. 1965, Santo Domingo. Una foto de Silvia en su fiesta de quince años, desfilando de la mano con su padre, con los ojos rojos por el flash y botellas de Ginger Ale sobre las mesas redondas con manteles blancos. Siluetas y corona de flores. 1983, Santo Domingo.
Un papel amarillo doblado, con tréboles de tinta china y gotas de café. Con una maraña de palabras negras que podía recitar de memoria…
…se abrió en mi corazón, como su primera palabra, como su primer temblor ante el roce encantado de mis dedos dibujando su boca, como su sonrisa de valle soleado y su perfume de azaleas silvestres…
Un libro de poemas de Neruda, un nuevo testamento pequeño y azul, una cadena de oro y unos gemelos que nunca usará. Un retrato autografiado de Francisco Repilado, su héroe. Un frasco de Drakkar. Una moneda de tres pesos cubanos, con la imagen del Che y la inscripción “PATRIA O MUERTE”, 1992.
La vida como caracoles en la playa. Se va recogiendo, acumulando en los pequeños bolsillos del traje de baño. Nos maravillamos por el color, la forma y la textura, pensando que será una bonita colección. Hasta que los ponemos todos sobre la toalla dos horas después, y se hace aparente la inutilidad de mantener aquellas moradas nacaradas, inertes, rotas y sin brillo, y acabamos arrojándolos todos al mar.
La vida como una colección de recuerdos, con epicentros en cada pertenencia, a partir de los cuales se van difuminando y perdiendo los detalles, los cigarrillos, las gripes, los sermones dominicales y los bocinazos de los choferes.
La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris.
¿En qué vas pensando Emilio? ¿Acaso en el día en que te apareciste volando techos en la ventana de Silvia de quince años, con una guitarra en la espalda, y una criolla en melopea, porque nunca supiste cantar? Demasiado espacio para la nostalgia. Demasiado aire para la sinceridad.
¿Acaso recordabas, entonces, a la mulatita del 3B, que te dejó pellizcarla entre las piernas, muerta de risa y no de placer. Y que tú no entendías la risa mientras apretabas la carne bajo el bermuda verde, hasta que ella no pudo más, y con lágrimas en las mejillas te enseñó que las mujeres sienten cuatro pulgadas más hacia el sur y que estabas agarrando pelos, pendejo?
¿O acaso te asaltaba la memoria la puta que te empujó hacia un zaguán oscuro y hediondo a pipí, sacó cuatro pesos de tus bolsillos y dijo a tu silencio asustado y de virgen que si no te movías la iban a acusar de violación?
La vida editada como un cortometraje. Trescientos rollos de película para sacar quince minutos que no convencen a la crítica. La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris.
¿En qué coño estaba pensando? Cuando me tragué cada palabra y cada lágrima. Cuando me detuve en el tiempo y en el espacio, en la miseria de aquella la sala que se desvanecía y en la renuncia que la dejó escapar por la puerta con su aroma de rosas y su bolso enorme y marrón.
Cuatro discos compactos. Miles Davis, Kind of Blue; Los Compadres, Huellas del Pasado; Mozart, Requiem; Colón y Blades, Siembra. Media botella de Chivas, mi vaso de whisky, mi taza verde. La correa marrón, el cepillo de dientes, la Colgate pequeña, el Ban Roll-On. Un teléfono sin nombre, escrito en una servilleta con pintalabios rojo. 357-2023.
La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris. La cremallera se tranca, la maleta no cierra completa. La vida se va a ir saliendo, por pedazos, en cada esquina negra o gris.
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