…empieza como un susurro, gélido y anónimo, un latido tenue, un parpadeo, un microsueño, apenas el paisaje que se pierde en la visión periférica, la progresión armónica de un spiritual cantado a capella, lo que se intuye, lo primigenio… pero entonces quieres jugar, porque desde la banca todo parece tan fácil, te pones el uniforme y corres al campo, como un quinceañero con el pecho abierto, preguntándole a alguien que ya recibió demasiadas faltas qué haces, dónde te pones, cuál tu cancha, dónde la metes y, cuando apenas te empiezas a acostumbrar al ruido ensordecedor de la hinchada, un rumor estentóreo te apaga las luces, sangre y dientes, una mancha morada, un silbido punzante, una cicatriz que parece un ciempiés, bienvenido, welcome, benvenuto, willkommen, bienvenue…
… una sirena, una ilusión, una promesa, un diploma, una bendición, un viaje, un orgasmo, una flor, una sonrisa, un cheque, un empleo, un piso alquilado con balcón, un buen steak, un gin tonic, una coincidencia, una canción, una danza, un perfume, un colaless, una negocio propio, una savia, un sudor, un gemido y todas las demás excusas que vas tachando en tu libro de novatadas hasta que estás seguro que te las sabes todas y una más y que las piedras ni sangran ni lloran y entonces…
En una maleta negra, Emilio guardó su vida, casi sin saber por qué. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris. Con la arena del último viaje a Barahona y un estuche vacío de rollo de fotos (¡Estos ya no se ven! ⎯ Pensaría). Sobre la cama deshecha, sobre la vida sin arreglar, junto a las almohadas a medio salir de las fundas, como sus proyectos inconclusos; junto la sábana desparramada sobre el suelo, como su espíritu. Contemplándose desde la ventana o desde el espejo, en tercera persona, sin injerencia sobre sus actos, sin opinión.
Dos medias grises, una de rombos azules, blancos y vino, tres negras, dos de ellas con remiendos y dos blancas. Siete calzoncillos, dos de ellos sucios, sacados del hamper. Una camisa negra, tres blancas, una a rayas, una a cuadros, regalo de la Gorda, a quien siempre le gustó verlo en cuadros, dos pantalones fuerte azul, uno kaki, tres negros ¿Para qué se viste la gente, si todo lo que hacemos se dirige irremediablemente a un final desnudos?
Una foto de mamá. Delgada aún. Con pantalón rojo y blusa blanca, con lentes oscuros y el cabello movido por la brisa. En el fondo, La Libertad de Bartholdi. 1948, New York. Una foto del viejo Martínez, con kakis y chacabana, sentado en el Panamericano, copa de licor en mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero. 1963, Santo Domingo. Una foto del bebé Emilio, gateando sobre un piso de granito, allá en la casa de la Espaillat. Con su sonrisa sin dientes y una pierna de mamá en el cuadro, con falda de rosas. 1965, Santo Domingo. Una foto de Silvia en su fiesta de quince años, desfilando de la mano con su padre, con los ojos rojos por el flash y botellas de Ginger Ale sobre las mesas redondas con manteles blancos. Siluetas y corona de flores. 1983, Santo Domingo.
Un papel amarillo doblado, con tréboles de tinta china y gotas de café. Con una maraña de palabras negras que podía recitar de memoria…
…se abrió en mi corazón, como su primera palabra, como su primer temblor ante el roce encantado de mis dedos dibujando su boca, como su sonrisa de valle soleado y su perfume de azaleas silvestres…
Un libro de poemas de Neruda, un nuevo testamento pequeño y azul, una cadena de oro y unos gemelos que nunca usará. Un retrato autografiado de Francisco Repilado, su héroe. Un frasco de Drakkar. Una moneda de tres pesos cubanos, con la imagen del Che y la inscripción “PATRIA O MUERTE”, 1992.
La vida como caracoles en la playa. Se va recogiendo, acumulando en los pequeños bolsillos del traje de baño. Nos maravillamos por el color, la forma y la textura, pensando que será una bonita colección. Hasta que los ponemos todos sobre la toalla dos horas después, y se hace aparente la inutilidad de mantener aquellas moradas nacaradas, inertes, rotas y sin brillo, y acabamos arrojándolos todos al mar.
La vida como una colección de recuerdos, con epicentros en cada pertenencia, a partir de los cuales se van difuminando y perdiendo los detalles, los cigarrillos, las gripes, los sermones dominicales y los bocinazos de los choferes.
La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris.
¿En qué vas pensando Emilio? ¿Acaso en el día en que te apareciste volando techos en la ventana de Silvia de quince años, con una guitarra en la espalda, y una criolla en melopea, porque nunca supiste cantar? Demasiado espacio para la nostalgia. Demasiado aire para la sinceridad.
¿Acaso recordabas, entonces, a la mulatita del 3B, que te dejó pellizcarla entre las piernas, muerta de risa y no de placer. Y que tú no entendías la risa mientras apretabas la carne bajo el bermuda verde, hasta que ella no pudo más, y con lágrimas en las mejillas te enseñó que las mujeres sienten cuatro pulgadas más hacia el sur y que estabas agarrando pelos, pendejo?
¿O acaso te asaltaba la memoria la puta que te empujó hacia un zaguán oscuro y hediondo a pipí, sacó cuatro pesos de tus bolsillos y dijo a tu silencio asustado y de virgen que si no te movías la iban a acusar de violación?
La vida editada como un cortometraje. Trescientos rollos de película para sacar quince minutos que no convencen a la crítica. La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris.
¿En qué coño estaba pensando? Cuando me tragué cada palabra y cada lágrima. Cuando me detuve en el tiempo y en el espacio, en la miseria de aquella la sala que se desvanecía y en la renuncia que la dejó escapar por la puerta con su aroma de rosas y su bolso enorme y marrón.
Cuatro discos compactos. Miles Davis, Kind of Blue; Los Compadres, Huellas del Pasado; Mozart, Requiem; Colón y Blades, Siembra. Media botella de Chivas, mi vaso de whisky, mi taza verde. La correa marrón, el cepillo de dientes, la Colgate pequeña, el Ban Roll-On. Un teléfono sin nombre, escrito en una servilleta con pintalabios rojo. 357-2023.
La vida en una maleta negra. En un espacio de treinta por veinte por ocho, con bolsillos de elástico y forro de tela gris. La cremallera se tranca, la maleta no cierra completa. La vida se va a ir saliendo, por pedazos, en cada esquina negra o gris.
viernes 3 de abril de 2009
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6 comentarios:
Bienvenido de vuelta, lo extrañamos! :)
Woo cuantas cosas, que interesante tu blog. Pues yo quiero recoger todos los pedazos de vida uno a uno...
Gracias por visitarme.
Me gusta tu blog, volveré.Un saludo, Me gustó tu comentario. Vuelve.
Me alegra que hayas vuelto a escribir en el blog... es un comienzo excelente para ambas cosas...
Gracias,
Perdonamos tus defectos cualesquiera que fuesen, solo por tener la dicha de leerte.
Ilusha
Gracias, W. Veo que las noticias vuelan en el ciberespacio.
Bienvenida Karol_a.
Gracias Carolina, entendiste perfectamente.
Gracias, Selig, me siento menos culpable.
Días pendientes para leerte. Valió la pena. Bienvenido. Es mi acuse de recibo.
La vida que cabe para llevar y la que se queda porque no cabe o no se quiere llevar. Bah, uno siempre iniciando, reiniciando. Esa es la vida, la mayoría de las veces.
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Ahora te toca a ti.